jueves 12 de enero de 2012

El sonido de nuestra respiración



La Cartera de mi Padre
Mucho antes de pensar en su muerte, 
mi padre dijo que quería que lo enterrasen
junto a sus padres. Los echaba mucho de menos 
desde que se habían ido.
Lo dijo tantas veces que mi madre se acordó.
Y me acordé yo. Pero cuando no quedaba aire 
en sus pulmones y había desaparecido en él
todo signo de vida, mi padre se encontraba en un pueblo 
a 512 millas del lugar en el que hubiera querido estar.
Mi padre. Inquieto
hasta en la muerte. hasta muerto
tuvo que hacer su último viaje.
Toda su vida le gustó andar por ahí, 
y ahora tenía un sitio más al que ir.

El de la funeraria dijo que lo arreglaría, 
no se preocupen. Una luz escasa
caía desde la ventana al suelo polvoriento
aquella tarde en que esperamos 
hasta que el tipo salió del cuarto del fondo
y se quitó los guantes de goma.
Traía consigo el olor a formol.
Era un buen hombre, dijo.
Luego empezó a decirnos por qué
le gustaba vivir en un pueblo tan pequeño.
El tipo acababa de abrirle las venas a mi padre.
¿Cuánto nos va a costar?, pregunté.

Cogió un cuaderno y una pluma y empezó
a escribir. Primero, los gastos de aseo del cadáver. 
Luego añadió el transporte
a 22 centavos la milla.
Pero era un viaje de ida y vuelta, 
no se olvide. Más digamos, seis comidas
y dos noches en un motel. Incluyó
algo más. Añádese un recargo de
210 dólares por su tiempo y trabajo, 
y ahí está.

Pensó que íbamos a regatear.
Tenía una mancha de color en
cada mejilla cuando alzó la vista
del cuaderno. La misma luz escasa
caía en el mismo lugar
del mismo suelo polvoriento. Mi madre asintió
como si lo entendiera. Pero 
no había entendido ni una sola palabra.
Nada de aquello tenía sentido para ella
desde el instante en que había salido de casa
con mi padre. Sólo sabía 
que fuera como fuese
lograría ese dinero.
Buscó en su bolso y sacó
la cartera de mi padre. Nosotros tres
en aquel cuarto pequeño aquella tarde.
El sonido de nuestra respiración.

Miramos la cartera durante un rato. 
Nadie decía nada.
Había desaparecido todo rastro de vida de aquella cartera.
Estaba vieja, cuarteada y sucia.
Pero era la cartera de mi padre. Mi madre la abrió
y miró en su interior. Sacó
el puñado de billetes que pagaría
el último y más peculiar viaje de mi padre.

Raymond Carver
Donde el agua se une a otras aguas

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